Monday, 2 January 2012
5' Automatismos diurnos I
Sobre que caigo y digo o me paro a reconocer las heridas o contusiones de la mano y el pecho dormito o me despeirto de forma sobrehumana o simiesca que hoy no sé todo un torbellino de sudor y de estupor, de ideas que no reconozco resaca de una noche de poco sueño y dormir atenazador por un dolor de cuerpo ya deje el cerebro descansando sin querer premiar tan estupendas joyitas sin querer parar a desverstirme en frente del espejo al llegar a casa, los sueños han estado en la superficie donde no alcanzan o acaso un memoria de caminar en absoluta oscuridad a las afueras de una ciudad, seguido sin saberlo por una chica que escribe canciones de amor a su hermana torturada,m hubo harenes donde intercambiaban líquidos, fluidos de celda y mil pes ta que yo no se que decir era la hora de cambiar de tono y enamorarse de la hija de Bob Marley
5' automatismos nocturnos I
escribo y vivo y digo que no voy a contemplar lo que me has encomendado jaurías y otras urbanizaciones de palabras que azotan la mente sin aviso resbalando entre la corteza sin usar de un buen día, acaso lo que repito y vomito porque no se llega a suspirar sin dejar atrás la carga, el equipaje retorcido que se va acumulando tras meses de aguanatar el silencio la palabra que sin susto ni mayores elogios vienen a caer sobre la mesa de ajedrez, las culpas por no saber decir que no, ya está bien de pensamiento
vale la pena soltarse y dejarse acariciar por un perro y que te lama los huesos antes de escupir palabras que insultan hasta a las pulgas.
Es decir y no querer contar, hablar y abrir la boca con pereza, con desaliento de ese que nos viene dado en paquetitos vien coloreados y de los que no quiero saber
Ya, dime si no hay en la sala un cierto aroma a conflicto escondido. A mí cazador de fricciones que hayo hasta en las corrientes marinas o
vale la pena soltarse y dejarse acariciar por un perro y que te lama los huesos antes de escupir palabras que insultan hasta a las pulgas.
Es decir y no querer contar, hablar y abrir la boca con pereza, con desaliento de ese que nos viene dado en paquetitos vien coloreados y de los que no quiero saber
Ya, dime si no hay en la sala un cierto aroma a conflicto escondido. A mí cazador de fricciones que hayo hasta en las corrientes marinas o
Wednesday, 21 December 2011
Aprendizaje de la desilusión II
Sirva lo expuesto en el párrafo anterior como explicación de por qué yo nunca llegué a tocar tierra con los
pies. Me quedé flotando, suspendido o volando entre los ángeles, tocando
la trompeta. Ahora bien... eso no quita que yo fuese el más
hijoputa de clase en el instituto. Pero nunca le di gran importancia, yo
es que me esforzaba tanto por encajar en aquel matadero que acababa
superando cualquier esfuerzo en vano del resto de aprendices de homicida. Mi fuerte no era la imaginación pero era bueno copiando. Si hubiera hecho carrera me habría convertido en falsificador y habría esculpido una Piedad más sensual que la original. Es cierto yo entonces militaba en el partido zombie, pero el instinto
siempre acechó. Me susurró cada noche en sueños, al abrigo del oído
ajeno, y me espetó: ¡tú eres gilipollas!
Pero volviendo a mi retorno imaginado... Yo sentí aquellos días que una ley y un señor muy grave me advertían que, pese a haber vuelto, ya nunca me sentiría cómodo en mi propia tierra. Y así, intentando descifrar mensajes confusos decidí que lo mejor era optar por el destierro. Eso sí, sin perder el blanco de vista. Me busqué un pisito a la otra orilla del río, al sur. ¡Con los pobres! canturreaba yo con prudencia por la manzana. Los pobres, y no solo de bolsillo sino los mismísimos pobres de espíritu, siempre han vivido en el sur. Esas son cosas que se dicen. Qué agusto pasé las primeras noches, en mi nuevo hogar, imaginando que en el piso de arriba Raskolnikov y familia malvivían apretujados y sin calefacción mientras planeaban cómo rebanarme el cuello. Que alborozo para mi cándido espíritu. Ponía canciones no demasiado tristes en el ordenador y hacía manualidades. Y de esta forma pasé los primeros días conjurando un poder oculto y obscuro que me recorría el cuerpo y me calentaba pies y manos.
El río me proporcionó una saludable distancia con mi viejo mundo. Eso no significa que me aislase por completo. Sin que nadie lo supiese me reunía con mi padre y mi madre imaginarios en la ciudad y, en la intimidad del ruido de un popular bar murciano, nos reconfortábamos con palabras llenas de ternura real los unos a los otros. O como mucho debatíamos con respeto y saber conversar. Mi padre aseguraba que la distancia física nada tiene que ver con la distancia emocional. Mi madre atendía de soslayo. Cuánto deseaba poder asentir... pero su corazón obstinado se negaba a aceptar esa creencia de su marido.
Yo, acostumbrado al autismo voluntario, como si no escuchara lo que decían, les repetía aquello de Chesterton: no, si yo no me he ido por conocer un lugar extraño sino por volver a casa y sentirme finalmente extranjero en este mundo. ¿Cómo iba a sobrevivir si no?
Pero volviendo a mi retorno imaginado... Yo sentí aquellos días que una ley y un señor muy grave me advertían que, pese a haber vuelto, ya nunca me sentiría cómodo en mi propia tierra. Y así, intentando descifrar mensajes confusos decidí que lo mejor era optar por el destierro. Eso sí, sin perder el blanco de vista. Me busqué un pisito a la otra orilla del río, al sur. ¡Con los pobres! canturreaba yo con prudencia por la manzana. Los pobres, y no solo de bolsillo sino los mismísimos pobres de espíritu, siempre han vivido en el sur. Esas son cosas que se dicen. Qué agusto pasé las primeras noches, en mi nuevo hogar, imaginando que en el piso de arriba Raskolnikov y familia malvivían apretujados y sin calefacción mientras planeaban cómo rebanarme el cuello. Que alborozo para mi cándido espíritu. Ponía canciones no demasiado tristes en el ordenador y hacía manualidades. Y de esta forma pasé los primeros días conjurando un poder oculto y obscuro que me recorría el cuerpo y me calentaba pies y manos.
El río me proporcionó una saludable distancia con mi viejo mundo. Eso no significa que me aislase por completo. Sin que nadie lo supiese me reunía con mi padre y mi madre imaginarios en la ciudad y, en la intimidad del ruido de un popular bar murciano, nos reconfortábamos con palabras llenas de ternura real los unos a los otros. O como mucho debatíamos con respeto y saber conversar. Mi padre aseguraba que la distancia física nada tiene que ver con la distancia emocional. Mi madre atendía de soslayo. Cuánto deseaba poder asentir... pero su corazón obstinado se negaba a aceptar esa creencia de su marido.
Yo, acostumbrado al autismo voluntario, como si no escuchara lo que decían, les repetía aquello de Chesterton: no, si yo no me he ido por conocer un lugar extraño sino por volver a casa y sentirme finalmente extranjero en este mundo. ¿Cómo iba a sobrevivir si no?
Aprendizaje de la desilusión I
Emanciparme, emanciparme y volver a emanciparme cada día de mí mismo. Hacer el idiota cada día de una nueva manera, así de sopetón y sin miramientos, ajeno, enajenado, alienado. Sentirme pasajero de una nave solitaria donde no hace más frío ni tampoco lo otro.
Me cuento estas cosas mientras me meso la barba y reflexiono sobre el significado de tal acción: qué bien sentirse extranjero, me repito. Por un par de días tengo la sensación de no conocer ahora a nadie en esta ciudad. A nadie excepto a un par de tarados tan alienados como yo. Hoy es día de celebrarlo con la altisonancia que merece la ocasión: somos una casta aunque nos digan descastados. Sí, nos gustan las grandilocuencias, el mesianismo liliputiense: Nuestra Verdad, tan pequeña y sin embargo tan propia, tan inventada como el resto de verdades, solo que por fin es la nuestra. El último refugio de unos seres que reivindican su legítima cuota de paranoia, de esquizofrenia, de desdoblamiento de personalidad, de rarismo, de resentimiento y otras palabras prohibidas en los apartamentos y duplex de obra nueva. Solo tenemos un enemigo y ese es nuestro super ego: los deberes, las monjas, el obispo Hurtado, la Costumbre. Lo decimos alto y claro: somos igual de vulgares que el resto, igual de mediocres. Pero, ojo, nos queda el orgullo secreto de creernos independientes.
- Todo es mentira.
-¿Todo es mentira?
Todo solo puede ser todo, no jodamos la marrana. Hemos deseado con lascivia ser buenos y compasivos y para ello no hemos dudado en cometer las mayores atrocidades contra nuestra naturaleza y nuestra bendita indignidad. Hemos querido comprender a los demás y que los demás nos comprendan. Ahí es nada. Ha llegado el momento de desilusionarse, de dejar de comprar lotería, de dejar de comerciar con unos dioses indignos de ese nombre y amarranos los machos para lidiar con esta manada de cornudos.
No merece la pena volver a explicarlo pero insisto: con los años yo me fui construyendo mi propia fantasía. Ahora había vuelto a mi remota capital de provincia de mi remoto país como un héroe de mierda. Como un cornudo. Ni más ni menos que como cuando aún era miembro de la manada y me fui. Un perdedor que se fue en busca del vellocino y volvió con las manos vacías. Siempre había tenido gusto por la tragedia y, según los cánones clásicos (y mi propia urgencia) era el momento ideal para escenificarla. Me gustaría haber vuelto hecho un hombre, como Brad Pitt cuando vuelve cabalgando caballos por decenas, con melena al viento y la sabiduría impregnada en el rostro. En lugar de eso, cada vez que miraba al espejo buscando a Brad, encontraba a un niño esforzándose por parecer mayor. La gran pantomima de mi vida ha consistido siempre en quererme parecer a esa imagen de mí que me persigue desde que tengo uso de razón. Ese Pitt murciano. Mis aspiraciones pre-terrenales, esa idea originada en los confines del cosmos que me había escogido por puro capricho, mi relación con lo sublime (cosa natural entre la primera y la segunda dentición según me he enterado) se consolidó tanto en mi ser que llegó a doblegar los impulsos creativos de la adolescencia.
Me cuento estas cosas mientras me meso la barba y reflexiono sobre el significado de tal acción: qué bien sentirse extranjero, me repito. Por un par de días tengo la sensación de no conocer ahora a nadie en esta ciudad. A nadie excepto a un par de tarados tan alienados como yo. Hoy es día de celebrarlo con la altisonancia que merece la ocasión: somos una casta aunque nos digan descastados. Sí, nos gustan las grandilocuencias, el mesianismo liliputiense: Nuestra Verdad, tan pequeña y sin embargo tan propia, tan inventada como el resto de verdades, solo que por fin es la nuestra. El último refugio de unos seres que reivindican su legítima cuota de paranoia, de esquizofrenia, de desdoblamiento de personalidad, de rarismo, de resentimiento y otras palabras prohibidas en los apartamentos y duplex de obra nueva. Solo tenemos un enemigo y ese es nuestro super ego: los deberes, las monjas, el obispo Hurtado, la Costumbre. Lo decimos alto y claro: somos igual de vulgares que el resto, igual de mediocres. Pero, ojo, nos queda el orgullo secreto de creernos independientes.
- Todo es mentira.
-¿Todo es mentira?
Todo solo puede ser todo, no jodamos la marrana. Hemos deseado con lascivia ser buenos y compasivos y para ello no hemos dudado en cometer las mayores atrocidades contra nuestra naturaleza y nuestra bendita indignidad. Hemos querido comprender a los demás y que los demás nos comprendan. Ahí es nada. Ha llegado el momento de desilusionarse, de dejar de comprar lotería, de dejar de comerciar con unos dioses indignos de ese nombre y amarranos los machos para lidiar con esta manada de cornudos.
No merece la pena volver a explicarlo pero insisto: con los años yo me fui construyendo mi propia fantasía. Ahora había vuelto a mi remota capital de provincia de mi remoto país como un héroe de mierda. Como un cornudo. Ni más ni menos que como cuando aún era miembro de la manada y me fui. Un perdedor que se fue en busca del vellocino y volvió con las manos vacías. Siempre había tenido gusto por la tragedia y, según los cánones clásicos (y mi propia urgencia) era el momento ideal para escenificarla. Me gustaría haber vuelto hecho un hombre, como Brad Pitt cuando vuelve cabalgando caballos por decenas, con melena al viento y la sabiduría impregnada en el rostro. En lugar de eso, cada vez que miraba al espejo buscando a Brad, encontraba a un niño esforzándose por parecer mayor. La gran pantomima de mi vida ha consistido siempre en quererme parecer a esa imagen de mí que me persigue desde que tengo uso de razón. Ese Pitt murciano. Mis aspiraciones pre-terrenales, esa idea originada en los confines del cosmos que me había escogido por puro capricho, mi relación con lo sublime (cosa natural entre la primera y la segunda dentición según me he enterado) se consolidó tanto en mi ser que llegó a doblegar los impulsos creativos de la adolescencia.
Tuesday, 6 December 2011
Un retorno del andariego
El viaje lo lleva a uno por una serie de paisajes desconocidos, a menudo éstos son paisajes que sin saberlo uno ya ha visitado. Se trata de personas que encontramos y nos recuerdan a alguien que ya conocíamos, o bien lugares que uno ha visto por televisión, sobre los que ha leído o le han contado. Cuando uno es de naturaleza andariega y su hogar está en el camino, ocurre con frecuencia que llega a un lugar nuevo (más o menos cada vez que abandona la carretera). Allí su instinto de conservación le aconseja ser prudente, no mostrarse brusco ni pretender subir demasiado alto o entrometerse en asuntos que le son ajenos.
Por otra parte, de todas las paradas en el camino, una de las que plantea más dificultades de adaptación es la tierra propia, casa de uno. Allí, y contra los dictados de la costumbre, también procede comportarse con cautela y no abandonarse de forma desesperada a la tarea de encajar. Allí muchas cosas parecen ser lo que eran (y de hecho muchas cosas siguen siendo lo mismo que fueron) pero algunas, bajo la apariencia de familiariedad ocultan monstruos gestados en ausencia del héroe. Esto ya le ocurrió a Jasón y otros tantos. Para salir victorioso de la lucha contra estos monstruos, es preferible mantener esa conducta en alerta que es propia del que vive en tránsito, sin hogar ni amigos. Deberá conservar interiormente su rectitud y firmeza puesto que el viaje siempre continúa.
También pasa que muchos de los anhelos que provocaron el abandono de la tierra donde uno se crió permanecen. No han huido, si no que nos esperan. ¿O son tan solo fantasma de aquellos? Si es cierto que como dicen: 'quien estuvo encadenado morirá oyendo ruido de cadenas aún en el silencio', eso haría imposible el retorno. Al menos un retorno sano. El retorno debe ser reconciliación sin compromisos: un acatar de buena gana los caprichos de la naturaleza y descubrirse, sin veladuras en la mirada, desde la distancia. La vuelta al hogar debe ser un gesto de magnitud comparable a nacer de nuevo: rencontrar los viejos lugares y los viejos amigos y amarlos de una forma nueva, distinta. De lo contrario corre uno el riesgo de tener que volver a salir como despavorido ante la visión terrorífica de aquellos difuntos.
Pero lo que más teme el que vuelve sería constatar que él mismo tampoco ha cambiado, que tras los atuendos del alma y las virtudes (esas vanidosas señoritas) aprehendidas, permanecen las viejas maneras toscas que quiso perfumar con esencia de Paris.
Wednesday, 30 November 2011
El Banco Malo
Me pide el
autor de este blog que hable de algo que últimamente suena como uno de los
bálsamos para restañar las heridas de nuestra maltrecha economía. Se trata de lo
que se ha dado en llamar El banco malo porque como todos sabemos
los bancos, hasta hoy, se dividen en dos categorías: buenos y muy buenos. De
eso ya ha platicado nuestro futuro Presidente de Gobierno con los banqueros del
país, y aunque parece haber división de opiniones, las hay más a favor que en contra. Esto no
es algo nuevo ni ideado por los cerebros nacionales. Ya en Suecia, en los años
noventa, se creó un banco malo para absorber los activos tóxicos (préstamos
incobrables) de dos bancos que se habían pasado prestando. En fecha más
cercana, en septiembre de 2009, se creó también en Irlanda la National Asset
Management Agency, con el objetivo de recoger la cartera de inmuebles de los
cinco grandes bancos del país y gestionar la venta de dichos inmuebles.
¿Cómo
funcionaría este invento? Pues el mencionado banco malo, se
denomina así porque sería el encargado de comprar toda la cartera de préstamos
problemáticos a los bancos y cajas que actualmente los tienen en sus balances,
siendo la cifra total estimada 176.000 millones de euros. Esa cifra se compone
en su mayor parte de préstamos concedidos a promotoras inmobiliarias que no han
vendido su producto (pisos y locales comerciales), y también de aquellos pisos
que las entidades han recogido de particulares que no han podido pagar sus
préstamos, vía deshaucios y daciones en pago (esta última figura es la salida
que tienes cuando no puedes pagar: toma la casa y déjame tranquilo). Ahora bien, si
dividimos los 176.000 millones de euros entre 120.000 euros que es el
importe medio de una hipoteca, nos da un resultado de 1.466.000:
aproximadamente el número de viviendas por vender. En este país donde las
necesidades anuales no pasan de 300.000 (200.000 bodas y 100.000
separaciones-divorcios), estaríamos hablando de 5 años para distribuir el stock si no se construyera más o se diera otro boom.
Volviendo al
banco malo... Como es natural si éste compra algo, aunque sea malo, tendrá que pagarlo,
y en esa operación donde entramos los demás. La forma de pagar puede ser emitiendo
unos títulos (bonos) propios que, al tratarse de una entidad poco fiable, deberán
llevar el aval del Estado (o sea, de nosotros). Para los vendedores, gran
negocio: se quitan la morralla y cobran con la garantía del Estado.
La otra puerta
por la que entramos en esta operación es la siguiente: nuestro banco malo (ya es como de
la familia) puede que bueno no sea pero tonto tampoco. Es decir, va a
comprar toda esa mierda, con perdón, y la va a pagar a precios mucho
más bajos de lo que están contabilizados en los balances de los bancos y cajas
vendedores. Por este motivo esos bancos y cajas se verán forzados a equilibrar
dichos balances para no ser llamados al orden por la autoridad competente,
léase Banco de España, que es el supervisor del Sistema Financiero. Acudirán
pues al Estado a pedirle ayuda: recapitalización, fondos, etc. y
nuevamente nos llamarán a la puerta para que hagamos unas jornadas solidarias y
vía recortes, subidas en la declaración IRPF o incrementos del IVA y otras
tasas, ayudemos a ajustar las cuentas de nuestros amados bancos y cajas. Una vez
conseguido esto, estarán en disposición de volver a prestar y reactivar la
economía de este país porque habrán soltado el lastre que desde hace
meses les impide atender las solicitudes de particulares y empresas
Visto así,
para ellos es buenísimo nuestro banco malo. No entiendo por qué hay
banqueros que se oponen a su creación: supongo que son los que piensan que si
no se crea, cada uno se tendrá que comer su marrón. Y es que en algunas entidades el
marrón es tan gordo que puede llegar a explotarles y en este mercado
salvaje, un competidor menos es una oportunidad de negocio más.
Paterkovas
Friday, 25 November 2011
E pluribus unum
Murcia es un lugar singular, probablemente lo que ocurre a nivel político y social no difiera demasiado de lo que ocurre en el resto de España. Lo interesante es que aquí, como es propio de esta tierra, todo ocurre con un alto nivel de sofisticación. Tal es el nivel de perfeccionamiento y exquisitez de los políticos locales que contamos con uno de los gobiernos regionales con mayor apoyo popular. En las últimas elecciones la población de Murcia ha otorgado un 62% de los votos a este mismo partido, el apoyo más alto de toda España.
Por otra parte en los pocos días que llevo aquí he podido constatar que la palabra crisis sigue siendo, después de Coca-cola, la más pronunciada al cabo del día por los murcianos. También he notado que la gente sigue preocupada por saber cuándo volveremos a la situación de antes. A mí me parece que esto demuestra que la gente ha comprendido que el sistema económico actual consiste en un ir y venir de épocas de crisis y épocas de bonanza. De lo que no estoy tan seguro es de que lleguemos a visualizar los cambios que se deben producir a todos los niveles para salir de la llamada crisis.
Se dice que la palabra crisis define el momento que se produce entre la ruptura de un sistema y la instauración de un nuevo orden. Esto supongo que vale para todas las crisis que se enumeran hoy en día: crisis económica, crisis política, social, educativa, de valores, etc. Así pues intuyo que si esperamos a que vuelvan los viejos valores, las virtudes de la vieja educación, el buen funcionamiento social de antaño, y nuestros grandes estadistas, mejor que lo hagamos sentados. Mientras no nos embarquemos en la aventura de lo venidero desconocido permaneceremos en crisis, eso sí solo hasta el momento en que un nuevo orden de cosas se manifieste y para entonces quizás nos hayamos quedado anticuados ya.
Un periódico local ilustra hoy, para desconcierto ejemplar, esa tendencia a quedarse atrapado en las viejas costumbres. Esta iniciativa del ayuntamiento se resume en la construcción deotras 9.000 viviendas que añadir a los más de 3.5 millones de casas vacías en nuestro país. La construcción de un campo de golf parece ser la contraprestación social a cambio del decisión municipal de hacer urbanizables esos solares en potencia en los que "solo hay dos palmitos contados, un árbol y chicharras".
Hoy decía en la radio el alcalde que ésta es una medida de creación de empleo sostenible. Con monumental derroche de imaginación y fantasía, el gobierno regional se saca de la manga propuestas como ésta, o como la de montar una oficina de turismo juvenil que, compuesta de más de media docena de trabajadores provee "asesoramiento a los jóvenes murcianos sobre como hacer para irse a la nieve o dónde aprender inglés".
Y ahora las buenas noticias, hoy había una charla sobre movilidad en el empleo impartida por la consejera de la red europea de empleo 'Eures' (hola mamá) en la biblioteca regional. Parece ser que los oyentes planteaban las dificultades y el coste de aprender inglés. Se ha abierto un turno para plantear recursos y uno de los asistentes ha dicho: "yo, yo soy licenciado en filología inglesa y estoy dispuesto a hablar en inglés por skype con quien quiera", a lo que el albañil ha respondido: "pues si necesitas un apaño de obra yo te lo hago". Gracias a que ese instante el panadero ha reprimido el entusiasmo porque si replica lo mismo, se arma una comuna y un Occupy the regional library.
Conclusión y moraleja: muchos siguen ciegos, pero otros empiezan a renegar de la parálisis que produce el miedo y se dan cuenta de que es posible hacer mucho con poco. ¡Milagro!
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